Con lupa-Los gancheros
Silbando sobre una madera, camino de Aranjuez, a lomos del Tajo

Los gancheros utilizaban un curioso sistema de señales que transmitían, de cuadrilla en cuadrilla, valiéndose de signos convenidos que hacían con las manos, el gancho y el sombrero.
Tomás Henche ejerció el oficio a finales de los años 50. Lo suyo eran tramos cortos, entre Morillejo, Carrascosa y Trillo hasta espacios abiertos a los que podían llegar sin problemas los camiones.
Trillo, puerta del Alto Tajo, vio pasar a lo largo de los siglos las grandes maderadas que discurrían aguas abajo, desde la sierra, camino de Madrid. Sobre los troncos muchas veces, expuestos siempre al vaivén de los troncos caprichosos, viajaban los gancheros, hombres duros porque el oficio no admitía otro rango, pendencieros y competentes en su trabajo. La primeraregulación del oficio se remonta a la época de Felipe II, cuando el Consejo de Castilla reglamentó tanto la explotación de los bosques como el transporte fluvial de la madera. Por dar alguna pincelada histórica más, conviene recordar que la última gran maderada bajó por el Tajo en el año 36. En su gran mayoría, la contienda la condenó a pudrirse en el río. Después, ya en el 39, fueron los camiones quienes hicieron que la actividad pasara a mejor vida, aunque no del todo, como ahora veremos. Los troncos bajaban flotando hasta Aranjuez, porque al ser Real Sitio las comunicaciones con la capital eran mejores. “En el tiempo que yo fui ganchero, con la madera de los pinos se hacían postes de la luz”, recuerda el tío Cachurrilla. Este fue uno de muchos oficios.

Para comunicarse, los gancheros utilizaban un curioso sistema de señales que transmitían, de cuadrilla en cuadrilla, valiéndose de signos convenidos que hacían con las manos, el gancho y el sombrero. “Silbaban tan fuerte que se oía desde muy lejos”, recuerda también Gregoria García Alcalde que los vio pasar muchas veces de niña en su Morillejo natal. “Bajábamos a verlos al Molino de Carrascosa, donde hacían una presa de troncos. Jugábamos a cruzar el río por el alto de las maderas que dejaban”, añade. Su figura era mítica. Los niños trillanos de entonces los admiraban y los trataban de imitar. “Dormían al raso, o como mucho debajo de cuatro palos y una lona, aprovechando las covachas de la orilla del río. Con un palo largo que tenía un gancho en el extremo, empujaban los troncos al medio del cauce. Con cada maderada bajaban 8 o 10 gancheros, bien organizados. Bajaban en verano, a partir de mayo y hasta septiembre. Llevaban un cocinero, y comían patatas guisadas con bacalao y gachas. No dejaban ni un tronco perdido”, cuenta María Teresa Morillejo, otra de las niñas que recuerda con exactitud su paso, aunque dicen las crónicas que no solo bajaban en verano. En realidad desafiaban el frío y la nieve en el agua, expuestos a golpes, caídas y, sobre todo, a la humedad implacable de los meses más duros del año armados tan sólo de su coraje, rudeza serrana y de su varagancho, que así se llamaba en realidad la herramienta.
Pinos y chopos bajaban flotando desde el Alto Tajo, “desde Poveda y Peñalén”, recuerda Isidora Henche, que también los vio pasar. Además de en el Molino de Carrascosa, los gancheros hacían una segunda prensa en La Isla de Trillo. “Poco antes de donde está ahora la Plaza de Toros cruzaban unas maderas, haciendo la tijera, que llamaban, y esas sujetaban todos los troncos que llegaban”, cuenta Teresa. “Nosotras, desde la Tajonada, también pasábamos a Las Escuelas subidas en los pinos. No nos caíamos”, añade. Cuando los gancheros tenían toda la madera recogida y contada, le daban de nuevo rienda suelta, camino de Aranjuéz, naturalmente, sin el obstáculo entonces de Entrepeñas cuya construcción se acabó en el año 1955. El tío Periquito, Casimiro Sacristán, fue capataz de gancheros en sus tiempos mozos. “No sabía leer ni escribir, pero cubicaba la madera como nadie”, dice Isidora. A pesar de lo duro que era su trabajo, a los gancheros por la noche les gustaba la juerga. “Subían a cantar y bailar a Morillejo”, recuerda Gregoria. A la una, o incluso a las dos de la mañana, a veces pasados de tragos, bajaban al río, su elemento natural, a fundir su sueño con el Tajo.
Los trillanos recuerdan a estos hombres flotar encima de las maderas. “Los veías por el río abajo, como si fueran monigotes sobre aquella cantidad de madera”, recuerda Teresa. “¿Cómo se sujetarían los tíos?”, se pregunta todavía Gregoria. Ella juraría que eran capaces de navegar a lomos de un solo tronco sin caerse. “Estaban curados del sol, del agua y de todo. Bajaban cantando”, aporta Isidora. Sus jotas se juntaban con la voz del Tajo, río abajo.
Aun después de la Guerra, aunque no ya hasta Aranjuez con grandes maderadas, el Tajo sirvió más años como fuerza motora del transporte de troncos. Tomás Henche ejerció el oficio a finales de los años 50. Lo suyo eran tramos cortos, desde Morillejo, Carrascosa y Trillo hasta espacios abiertos a los que podían llegar sin problemas los camiones. “La madera se quedaba en islozas, que había que deshacer entrando a nado en el agua. Una vez se me clavó el gancho en el pie en una de aquellas”, recuerda. “Se pasaban muchas fatigas”, añade, tantas, que “estoy vivo de milagro”. A la altura de Ovila el río hacía un había un remanso en el que quedaban muchos palos. “Me metí debajo para deshacer la balsa, y encontré que no podía sacar la cabeza. Fue un amigo de Trillo, Lucio Lázaro, que ya ha muerto, quien me ayudó a salir. A él le debo la vida”, reconoce sin tapujos Tomás.
Fuentes consultadas: Las referencias históricas que se citan en este texto corresponden a un artículo publicado en El Decano de Guadalajara por Santiago Barra el 11 de septiembre de 2006.
Fotografías de los gancheros cedidas por Nueva Alcarria.
