Trillanos por el mundo. Thomas Rodríguez Weier

Trillanos por el mundo. Thomas Rodríguez Weier

Thomas Rodríguez Weier nació en 1968 en Brühl, un pueblo de 15.000 habitantes que está junto a la ciudad de Mannheim, en la que era entonces la República Federal Alemana. Para que sus interlocutores lo sitúen en el mapa, siempre dice que vivía al lado de Steffi Graf, la archifamosa tenista que comparte orígenes con él, “aunque su casa no estaba tan cerca de la mía”, reconoce con una sonrisa en la boca mientras habla en un castellano prácticamente sin acento ninguno en su amplio y luminoso salón de Azañón. Precisamente allí tiene el origen su primer apellido. Como ya hemos visto en anteriores ocasiones, aquel es un pueblo de emigrantes que no olvidan sus raíces.

“Un alemán no hace castillos en el aire, el español sabe, cuando quiere, perseguir un sueño”.

La historia de la familia Rodríguez es muy particular. Podríamos definirla como un viaje hacia lo desconocido, con billete de vuelta. Todo empezó cuando el padre de Thomas, Emilio Rodríguez Morales, a sugerencia de Marcelino, su hermano mayor que ya llevaba un tiempo trabajando en la fábrica de construcción aeronaval Schütte-Lanz, decidió probar suerte en Alemania. Emilio tenía treinta años (1961) cuando metió cuatro cosas en una maleta y puso rumbo a la prosperidad europea. El suyo no fue el caso típico de españolito que salía de su tierra con un contrato de trabajo bajo el brazo. Cuando llegó, el país estaba todavía en plena reconstrucción tras la devastación de la II Guerra Mundial. Faltaba mano de obra. Los alemanes habían alcanzado ya un buen nivel de vida y no querían desempeñar según qué trabajos. No le costó encontrar su sitio allí. “Nuestros emigrantes llegaban desde la pobreza, con las orejas gachas, y como no le quitaban su medio de vida a nadie, no hubo tensión social. Los alemanes se sorprendían del empeño que los extranjeros le ponían a su labor. Curraban mucho y rápido”, cuenta Thomas al respecto de las vivencias de su padre. En Mannheim Emilio conoció a una alemana de la que le separaba la barrera del idioma. A pesar de todo, se convirtió en su esposa. Cupido habla un lenguaje universal, como hemos visto también en el reportaje de La Farola. Su nombre de soltera era Ruth Weier. Ella es la madre de Thomas. “Pese a provenir de dos mundos diferentes, sin duda están hechos el uno para el otro. Dieron lo mejor de sí mismos por mí”, dice su hijo que los admira profundamente.

Emilio empezó su vida laboral alemana en la misma factoría en la que trabajaba su hermano. Luego fue albañil y terminó por jubilarse como operario municipal en el Ayuntamiento de Mannheim. Al poco tiempo de la boda hispano-alemana, nació nuestro protagonista. “Cuando era un niño no sufrí ningún rechazo por ser hijo de emigrantes. Ni siquiera puedo hablar de buena integración. Sencillamente, era uno más”, recuerda. Tener ascendente ibérico en un colegio de Brühl era algo natural. A pesar de todo Thomas lleva encima el sambenito, dicho sea entre comillas, de ser Der Spanier, el español, para sus amigos germánicos y  el alemán en Azañón. “No tiene mayor importancia, pero analizándolo fríamente, me he criado en dos culturas con dos idiomas muy diferentes entre sí, con los beneficios que comporta, pero no tengo una patria. En todo caso, tengo dos”. Se ríe el azañonés recuperado. Es un tipo reflexivo, que hila fino sus ideas y las expresa con claridad.

Su primera infancia tuvo marcado acento germano. “Me crié con mis abuelos maternos. Mi padre y mi madre trabajaban. Hablé alemán casi exclusivamente hasta los cinco años”, explica. Pero España estuvo siempre en el horizonte de los tres. La familia juntaba las vacaciones de todo el año para pasar el verano entero en Azañón. La primera vez que pisó el pueblo, Thomas tenía sólo dos años. La llegada, a mediados de julio, de un coche con matrícula extranjera era un acontecimiento especial en el pueblo. La pandilla enseguida se enteraba. Unos y otro hacían por encontrarse en la calle. Ruth les traía a todos los niños chucherías que no se podían comprar en Trillo. “Si alguno se despistaba, acudía a nuestra casa a pedirlas”, cuenta Der Spanier. En aquel entonces la señora Weier compró una moto, algo absolutamente normal en su país, y se iba a Trillo a comprar. “Les chocaba mucho ver a mi madre subida en su Mobilette y en pantalones”, recuerda nuestro protagonista que de niño no dominaba del todo el castellano. “Lo que sabía era porque a mis padres la comunicación les iba mejor en español”. Sin embargo, aquello no era impedimento para que jugara y se divirtiera con la chiquillería en verano. “No sé cómo, pero nos entendíamos”, recuerda. El viaje desde Alemania era larguísimo. En los años 70 no había autopistas, ni en España ni en Francia. “Tardábamos tres días en llegar. Ahora hay 1.950 kilómetros, antes seguro que había más de 2.200”. Ruth cuenta que su hijo, nada más salir de Brühl, ya les preguntaba que cuándo llegaban. “No recuerdo exactamente el momento en que empecé a soltarme con el habla. Las vacaciones me ayudaban mucho porque el idioma lo aprendes escuchando. Tienes que absorber la forma en que los nativos construyen las frases. Ahora soy bilingüe y no sabría decir cuál es mi lengua. Depende de la situación. El que hablo perfectamente es el alemán. Quizá sea el que podría elegir como materno, pero cambio de registro en un segundo”, explica el trillano por el mundo. A su dualidad cultural contribuyeron mucho Emilio y Ruth. Ninguno quiso que su hijo olvidara sus raíces mediterráneas y lo apuntaron a una escuela de idiomas para que aprendiera a escribir el castellano y la geografía e historia de España. “Cuando mis amigos terminaban las clases, yo seguía por la tarde en otra ciudad con el español”, recuerda agradecido Thomas. “Gracias a aquel esfuerzo ahora tengo convalidado el graduado escolar”. La familia Rodríguez Weier era asidua de los centros españoles en los que los emigrantes compartían en la distancia su amor por el terruño.

Thomas conoce perfectamente ambos caracteres. Está de acuerdo con algunos tópicos, con otros no. Para desmentir obviedades afirma, por ejemplo, que “el español puede llegar a trabajar más duro y más intenso que el europeo”. “Del alemán me quedo con la puntualidad, con la conciencia hacia el medioambiente, la profesionalidad y la seriedad. Del español con la flexibilidad para adaptarse a una situación nueva, con su capacidad para buscar una solución rápida a situaciones desconocidas y su lucha por los sueños a los que a veces confiere un valor superior al de la realidad. El alemán no hace castillos en el aire”, afirma. Rodríguez sí está de acuerdo con que el germano, sin generalizar en exceso, es “un poco cuadriculado”. La globalización ha hecho mella en ambos países, según la experiencia de nuestro protagonista, y ambos extremos están ahora más cerca. En todo caso, “diría que soy más tímido que un español y más abierto que un alemán”, zanja.

Un poco de turismo por el Rin

Brühl es un pueblo típicamente alemán que está en la ribera del Rin. Tiene 14.233 habitantes. Las casas son unifamiliares con jardín, todas de dos plantas y la mayoría con buhardilla. Hay muy pocos bloques de pisos. “Nuestros vecinos tienen césped. Mi padre planta su huerto”, afirma. A pocos metros de las casas está el  delta del río. El paisaje es llano y verde, con muchos árboles. Los inviernos son duros, pero no más que los trillanos. “En Alemania llegamos a 15 grados bajo cero, igual que en Azañón, pero la temperatura se aprecia de diferente manera. Allí el frío te cala los huesos por la humedad”, explica. La gran diferencia entre una y otra tierra es el sol. En Mannheim pueden pasar cuatro semanas sin que aparezca la luz del día, que es más corto. “Te levantas por la mañana y no sabes si amanece o anochece. Eso deprime un poco”, dice.  Como recomendaciones turísticas, Thomas informa que lo más famoso que Brühl tiene cerca, a veinte kilómetros de distancia, es la ciudad de Heidelberg, muy conocida por su universidad que es la más antigua del país. Fue fundada en 1386. Tiene un castillo antiguo precioso y la cruza el río Neckar, que enlaza luego con el gran Rin. Es tierra de vinos, sobre todo de blancos, que son excelentes. “Al tinto español no lo bate nadie”, sentencia. El sector de la cerveza es muy amplio en Alemania. En los bares la variedad es generosa, y, “al igual que los trillanos hacemos todavía vino en los cocederos, muchas familias germanas fabrican una cerveza artesana que es más turbia que la industrial y que tiene un sabor muy especial”. De las ciudades germanas, Thomas se queda con Berlín y Dresde. “El Berlín oriental y el occidental eran la noche y el día cuando cayó el muro. Ahora han hecho una reconstrucción muy intensa y la ciudad parece otra”, sostiene.

En época de fútbol, Thomas se declara forofo de la roja. “Sigo el Mundial, y si mis dos países jugaran la final, iría con España a muerte. Ahora y siempre. Alguna vez mi pasión como aficionado me ha costado desavenencias con amigos alemanes”. En cuanto a preferencias culinarias, es un apasionado de la lumbre y la brasa que tanto se utilizan en la cocina de nuestros pueblos. Del otro lado se queda, curiosamente, con el rabo de toro, un guiso que los alemanes cocinan con una salsa picante muy especial.

La II Guerra Mundial es todavía una realidad palpable en Alemania. “Con cierta frecuencia aparecen bombas que los artificieros tienen que desactivar”, dice. Ruth, nacida en 1932, la vivió en primera persona. “Mi madre tiene recuerdos brutales de los bombardeos aliados. Cuando sonaban las sirenas todo el mundo corría, cagados y meados de miedo literalmente, a refugiarse en los sótanos. Sentían caer las bombas, rezando para que no lo hicieran sobre sus casas. Afortunadamente, ninguna impactó sobre la de mi familia, aunque Mannheim y Dresde quedaron reducidas a escombros”. El  abuelo materno de Thomas combatió en Rusia. Llegó hasta Stalingrado y fue capturado por los soviéticos. “Lo tuvieron muchos meses encarcelado. Picando piedra. Se escapó cargando un tren. Decidió quedarse dentro y sus compañeros le pusieron sacos y enseres encima para permitirle huir. Así fue cómo sobrevivió. Se jugó la vida a cara o cruz, y le salió bien. Quizá aquellas vivencias de la Guerra lo convirtieron en el hombre violento que fue después”, recuerda Thomas. Lo que es cierto es que de no ser por aquella decisión, el señor Weier probablemente hubiera muerto, porque pocos fueron los que volvieron de aquel infierno. “Mi generación no ha olvidado la Guerra, pero ha pasado página. Nosotros tenemos muy claro no somos hijos de aquello. Hace 70 años que terminó”, dice.

Con el tiempo la familia Rodríguez construyó una casa en Azañón. “A mi madre le gusta el pueblo, siempre que sea para venir de vacaciones, y animó a mi padre a hacerlo”. En el año 2002 una reducción de plantilla en el Deutsche Bank para el que había trabajado durante 19 años en Alemania y la consiguiente indemnización, permitieron a Thomas plantearse seriamente una idea que siempre tuvo en la cabeza, volver a España, o mejor dicho, a Azañón. “Desde que era un niño me encanta la gente, el país, la forma de ser y las costumbres de aquí”, dice. Su banco recortó el 50% de los empleos y cerró el departamento de e-business en el que el azañonés desempeñaba su labor. “Consulté con mis padres la decisión de regresar. En una reunión familiar les reconocí mi responsabilidad con ellos al hacerse mayores. Decidieron permanecer en Alemania. Mi padre le ahorró el disgusto a mi madre. El habló primero. Dijo que se quedaban en Brühl”.

Der Spanier hizo entonces el viaje de vuelta a Azañón que Emilio emprendiera de ida muchos años antes. Después de varias experiencias laborales variopintas, la mayoría relacionadas con los idiomas, Thomas lo dio todo para levantar una empresa dedicada al recobro, casualmente de matriz alemana, que se estableció en España en el año 2005. Su tesón le ha conferido un gran conocimiento del sector, donde ahora mismo se plantea emprender su propia aventura empresarial. Ganas, conocimientos y experiencia es lo que le sobra. Tiene la perseverancia del alemán y la flexibilidad del español. Juntas componen poco menos que la fórmula del éxito. Thomas siempre ha encontrado en Azañón una fuerza especial que le ayuda a mantenerse, a reencontrarse y a buscar dentro de sí mismo para seguir adelante. La tranquilidad que se respira en su pueblo le servirá, como hizo siempre, de estrella del norte.

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