Postales desconocidas. La Farola

La Farola y los noviazgos a la antigua usanza

Probablemente muchos no sepan que antes de que se construyeran los muros del cauce del río, existía un ritual de cortejo del que salieron la gran mayoría de los matrimonios de hace unos años en Trillo. Tal como lo referimos es como lo recuerdan varias trillanas, tan lozanas entonces como ahora, cuando se les pregunta por aquel lugar especial. Todo giraba en torno a “La Farola” que estaba al pie del puente de Trillo como lugar de paso elevado que era hacia uno y otro lado del río y también hacia la Fuente Nueva adonde las mocitas, al caer la tarde, iban a llenar las botijas de agua fresca para saciar la sed nocturna del verano o para tener en casa en el invierno el preciado elemento que entonces aún no fluía por los grifos con un leve giro de la muñeca. Costaba un poco más, aunque a veces, como veremos a continuación, compensaba. “Había una barbacana cuadrada donde se sentaban los chicos y un redondel en el que había otros muchos más de pie. Un año se juntaron allí para ir a los mayos 108 mozos”, recuerdan las jóvenes de aquel tiempo.

Como lugar estratégico que era para verlas venir, los chicos quedaban apostados en la pared, lindera con el Tajo, hablando y pidiendo consejo a los amigos sobre la mejor manera de entrarle a aquella muchacha tan especial y que tan bien cimbreaba las caderas marcadas por el peso del agua.

Ellos debían tomar la iniciativa; ellas, sólo dejarse querer. El sonrojo, con el botijo en la mano, iba creciendo en los rostros femeninos al acercarse a la Fuente Nueva pasando por delante de La Farola. Estallaba cuando llovían los piropos, “algunos muy sinvergüenzas”, al pasar por delante del lugar. Los chicos tenían que echarle valor, aguzar el ingenio y poner al descubierto delante de la cuadrilla las preferencias de cada cual saliendo al paso de su elegida. Educadamente, le pedían permiso para acompañarla hasta el pilón, y con el tiempo, si era posible, hasta la puerta de su casa. Cuanto más largo era el camino, más en serio iba la cosa. Para entonces los padres de la novia ya lo sabían todo.

Cupido era el que hacía que “te saliera el que tenía que salir”. Cuando el paseo cuajaba por primera vez, de fondo se escuchaban las risas y los vítores de los compadres. En el trayecto “hablábamos de tonterías”. Alguna vez la conversación subía de tono aupada por las hormonas y “había que cortarles de raíz”.  Un seco “vuélvete a La Farola” sin contemplaciones  y se acabó el asunto.

Muchas noches de julio y agosto las calles del pueblo se refrescaban con el agua que las mozas, con picardía, iban derramando por el camino. “A veces pasaba que en las casas con dos chicas, las dos hermanas queríamos salir. Al botijo no le quedaba una gota cuando llegábamos de vuelta a nuestra puerta para que también la otra pudiera ir a la fuente”. Los padres se extrañaban, siempre entre comillas, de tanto trajín, pero no decían nada. “Eso sí, en el verano, a las once de la noche como mucho, había que estar en casa”. Para hacer más largo el rato, los chicos escondían las botijas. “Te hacían rabiar, pero luego te las devolvían”. Los amigos se compinchaban para darse facilidades unos a otros y propiciar la charla de los enamorados. “Nosotras, aunque no lo reconociéramos entonces, se lo agradecíamos tanto como el novio”.

Pasaba a veces que el amor no era correspondido. Para eso también había respuesta. Un lacónico “ya lo pensaré”, o un peor todavía “llevo mucha prisa” eran casi siempre sinónimo de la decepción masculina. “Algunos todavía están esperando la respuesta”. Esta es la pequeña historia de La Farola de Trillo. Ahora, en el mismo sitio, se sientan los abuelos. Miran más aguas abajo, para darse cuenta que, en el fondo, tampoco son tan distintas las cosas ahora de antes.

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