Tal como éramos. Francisca Martínez Romero

Francisca Martínez Romero nació en Morillejo el día 4 de octubre del año 1926. La sorprendimos en su casa, la misma en la que vino al mundo, en el ocaso de una tarde de mayo verde, inacabable y tan llena de matices como después comprobaríamos que tiene también la vida de Paca. Se sorprendió para bien de la petición. Le apetecía echar la vista atrás para hablarnos de sus recuerdos. A ver si atinamos a ponerlos por escrito.

Ninguna historia de pueblo contada por alguien de más de 80 años es ajena a la tragedia. Desde nuestro punto de vista de hoy resulta chocante la resignación con la que sus protagonistas la refieren. “Yo fui la pequeña de cuatro hermanas y dos hermanos. Los chicos murieron el año de la gripe, siendo pequeños”. No recuerda la ahora abuela qué año maldito fue aquel puesto que ella no había nacido todavía. Lo que sí se le grabó fue que a uno de ellos, antes de enterrarlo, “le hicieron una foto en la caja, en la puerta de la Iglesia”. Lo sabe porque sus padres la conservaron en casa como único testimonio de aquel fugaz paso por el mundo. Eran tiempos en los que un catarro mal encarado o un incompetente, como refirió anteriormente en la revista otra morillejana, Saturnina Rodrigo, podía llevarse por delante vidas recién comenzadas. “Mis hermanos y mis abuelos están enterrados en la Ermita de Jerusalén”, cuenta Francisca. Entonces los muertos del pueblo encontraban allí su descanso. Aún no se había construido el cementerio nuevo.

“Soy hija de labradores. Empecé a trabajar más tarde que mis hermanas. Tuve esa suerte”. Su condición de benjamina la libró de destripar terrones, al menos por un tiempo. En su lugar le correspondían las faenas de la casa que a ella le parecían más llevaderas. Paca es risueña y de natural optimista. Al volver inesperadamente a la niñez, afloran los recuerdos de la persona que marcó sus primeros años. Es Ignacio Martínez López, su padre. La cara se le ilumina al volverle a ver, siquiera en su memoria, mirando hacia arriba, cuando los dos iban de la mano a Cifuentes a comprar tabaco. Por un momento, también los veo. “Teníamos el estanco en mi casa. Comprábamos unas cajetillas de color de rosa, con cigarrillos, y también lo que llamaban entonces cuarterones, que se liaban con tabaco molido. El personal compraba más de estos porque eran más baratos”, recuerda Paca. Ante la pregunta de si alguna vez se le ocurrió fumar a ella, es tajante: “Mi padre fumaba. Nosotras nunca”.

Ignacio Martínez era un hombre muy mañoso. “Arreglaba las luces del pueblo, hacía las cajas de los muertos, sabía de todo. Estuvo en la Cueva del Beato aprendiendo varios oficios”, cuenta su hija. Esta especie de institución benéfica estaba al salir de Cifuentes en dirección a Ruguilla. Allí enseñaban la formación profesional de la época. “Mi padre tenía muchas ocupaciones. También afeitaba, y a cambio nos daban trigo o dinero, lo que se terciara”. Ignacio sólo trabajaba en Morillejo, “para los vecinos del pueblo”. Sacando unos cuartos de aquí y otros de allá se las compuso para que ninguna de sus hijas tuviera que servir en la capital. “Mis hermanas y yo estuvimos siempre en casa mientras vivió. Decía que con lo que él ganaba, salíamos adelante. Teníamos ovejas y cabras que llevaban por ahí los pastores”. Lo cuenta orgullosa de aquel hombre al que una vez vio encañonado, con una pistola en la cabeza. “Se querían llevar a unos cuantos del pueblo para fusilarlos, en la Guerra. Mi padre les dijo que le podían matar allí mismo pero que de Morillejo no se llevaban a nadie. Nosotras no hacíamos más que gritar”. Paca cuenta que respetaron aquel gesto y “por eso la gente le quería tanto”. No fue entonces, pero bien pronto le sorprendió la muerte a Ignacio. De nuevo un catarro maldito se lo llevó. “Ahora los curan. Entonces no”. Por primera vez le tiembla la voz a Francisca.

A su marido, Julio Sotodosos, lo conoció casi en la cuna. “Vivía al otro lado de la iglesia, y yo a éste”. Es seis años mayor que Paca. Tiene ahora 90. Una enfermedad de huesos lo mantiene postrado en la cama.  “A él se le murió su madre, también antes de tiempo”, dice. Su orfandad compartida adelantó la boda de la pareja.  Paca contrajo matrimonio con 22 años, completamente de negro. Su padre había muerto en febrero “y yo me casé el 30 de abril de 1949”. La que estaba de luto, se casaba de luto, y la que no, con un “vestidillo de color”, nunca blanco.  Julio subió al altar  con un traje que se había comprado en Cifuentes. En las bodas había convite, siempre que no mediara una muerte familiar. Era costumbre invitar a todo el pueblo y bailar después. No fue el caso, como hemos visto. “Había que guardar dos años de luto. En la boda yo llevaba mi velo y mi pañuelo negros. Quien no podía, sólo el pañuelo”. Suspira Paca. Se acuerda de aquel día, cuando salió de la Iglesia, y se acuerda del dolor que sintió al no ser su padre el que la llevó de la mano.

La morillejana se refiere también a la tradición de cantar y bailar para hacer frente a los sinsabores de la que hace gala la pedanía trillana. “Siempre hemos tenido un buen ambiente en el pueblo. Estamos muy unidos. Si un día estaba lloviendo y no se podía salir al campo, hacíamos baile. Los domingos también, y en la Purísima hacíamos 8 días de fiesta. Los músicos venían  de Carrascosa  y de Ruguilla con un acordeón, violines, laúd y guitarras. Tocaban de todo. La gente de aquí los disfrutábamos mucho porque nos gusta la alegría”, dice Paca. Nunca ha perdido esta afición la abuela.  “Mi marido y yo ganamos un premio en un viaje que hicimos. A los dos nos encantaba bailar. Lo tengo aquí mismo”. Mientras lo cuenta se levanta para enseñarlo.

Después de la boda, Francisca y su marido se dedicaron de lleno a la agricultura: “Nosotros lo hacíamos todo con los animales, labrábamos, segábamos, poníamos el huerto… En fin, lo que es la vida del campo”. El matrimonio tuvo cuatro hijos, tres  chicos y una chica. Todos nacieron en también en la misma casa. “El mayor va a hacer ahora 60 años. Fue una vecina la que cogió a todos mis hijos al nacer. El médico no se atrevía, porque era nuevo. Además era practicante”, recuerda. Uno de los momentos más felices de la familia fue cuando nació su cuarto vástago, por fin una niña. “Mi marido quería ponerle de nombre Julia, porque así era como se llamaba su madre. Yo ya había podido hacer lo mismo cuando nació el mayor. Así que cuando vimos que era una chica, lloramos de contentos”.

La pareja ha aprovechado bien su edad de jubilación. “Hemos ido con los viejos a muchas excursiones, hemos montado en avión y en barco, así que hemos corrido mucho”, explica Francisca. Ahora tienen doce nietos y dos biznietos que regresan con asiduidad a la tierra de sus padres y abuelos. “Aquí, en Morillejo, hemos sido muy felices”.

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