Cuéntame tu historia de Trillo

Relato presentado al concurso “Cuéntame tu historia de Trillo”:TESORO ENCALLADO EN EL ATLANTICO: ROCÍO RUIZ

En números anteriores de la Revista Municipal fueron reproducidos los relatos ganadores en las categoría A y B del  primer concurso de relatos “Cuéntame tu historia de Trillo”. El que pueden leer ustedes a continuación fue descalificado por tener más de mil palabras. Aún así, I-TRILLO considera que su calidad humana y literaria merece ser reconocida y publicada. En números sucesivos continuarán apareciendo otros relatos.

Esta sencilla historia narra algunos  recuerdos que conservo en mi memoria del tiempo que viví junto a mis tíos Francisco y Venancia, transcurrieron en  los albores de los años sesenta en un lindo pueblo alcarreño llamado Trillo, a orillas del joven Tajo. Este rio y yo en la madurez hemos unido nuestros destinos. Como si fuese un tronco de madera, flotando por el río que me lleva, ayudada quizás por el espíritu de los gancheros de antaño, hemos venido los dos a desembocar a la mar de Portugal.

Hoy, en la playa, donde los ríos se vuelven salobres, estoy mirando al horizonte con nostalgia pensando: ¡qué lejos tenemos los dos las fuentes del manantial!

Como si de un juego infantil se tratase, arrojé mis dados y de “puente a puente”, de Trillo a Oporto me trajo la corriente, junto a su hermano ibérico el Duero y bajo la majestuosidad de sus puentes, me dejo llevar por las alas de la imaginación.  Entre las brumas de mi memoria veo un pequeño cofre de madera vieja que la marea ha dejado encallado en la arena, lo creía enterrado hace más de cuarenta años  en Trillo entre aluviones de lodo y olvido. !Es un tesoro! es mi infancia la que está  dentro. ¡Está repleto de objetos valiosos!

Como un bucanero voy a saquearlos. Abro el tesoro y relucen como monedas de oro mis primeros pendientes, recuerdo que me los compró mi tía en la feria de Cifuentes unos días después que  Dorotea en Azañón, perforara mis tiernas orejas de una manera muy rudimentaria con una aguja de costura enhebrada, el hilo y el dolor los arrastre durante mucho tiempo.

Junto a ellos, doblado está un pequeño velo de encaje negro, con el cual  las niñas de aquella época cubríamos  la cabeza para ir a misa, lo estrené un Domingo de Ramos para que “no me cortasen las manos”.

Embargada por la emoción extraigo un costurero de madera, tiene los cajoncitos laterales entreabiertos, con las bisagras oxidadas por el tiempo  y algunos hilos descoloridos  dentro, él fue mi primer regalo de Reyes, mi tía, en aquella mágica noche, creyéndome dormida, depositó un paquetito en el balcón, él fue testigo mudo  de mi precoz descubrimiento viendo cómo la ilusión  se desvaneció. Descubrí que sus majestades desconocían el camino a Trillo. !Tendrían que haber viajado a la Alcarria con Don Camilo!…

Desde ese balcón que hoy en día  permanece mudo y cerrado soñaba en las largas tarde de estío con una bicicleta que ya sabía que los Reyes nunca traerían. Todavía estoy sufriendo los efectos de la caída de una bicicleta que nunca monté… por fuera no se nota pero por dentro el alma me cojea.

Antes de guardar el costurero descubro en un cajoncito un dientecillo, el mismo recuerdo ahora, que salió disparado tras un portazo junto con el hilo que mi tía había atado al pomo de la puerta… ¡Económico dentista en tiempos de escasez! Con  ilusión lo puse debajo de la almohada soñando que el Ratón  Pérez  apareciese y no se confundiese de camino como ocurrió con los Reyes. ¡Tuve suerte! con las pesetas que me dejó pude pagar la entrada para ver la televisión el sábado siguiente en un local que existía junto a la Iglesia, dónde por una módica cantidad, podíamos disfrutar de un “Viaje al fondo del mar”.

Un recuerdo más dulce es el que destapo a continuación embriagándome del olor a madalenas recién horneadas. El día que íbamos a la tahona con los huevos,

harina, azúcar y demás productos caseros, era una verdadera fiesta para mí; allí Venancia, a veces, con su hermana Josefina elaboraban tan deliciosos dulces, yo ayudaba  sacando uno a uno los papelitos blancos ondulados y  también a comerlas claro!  Cuando estaban cocidas, las metíamos en una gran cesta de mimbre, y sobre un rodillo mi tía se subía la pesada cesta a la cabeza, a mitad de camino ya estaba más leve y mi estómago más lleno…

Continuo sacando objetos de valor y mis manos tropiezan con una trenza de pelo, la voy deshaciendo entre mis dedos  en cuanto voy recordando con una sonrisa

cómo mi tía cepillaba mi pelo, entre gritos y tirones, por si algún inquilino indeseable allí habitase y a continuación como si fuesen madejas de lana, tejía mil y una trencitas con la intención de rizarme el pelo, y ponerme muy guapa para ir  a visitar a mis padres. El viaje era una verdadera odisea. Nos montábamos en el correo “Flora Villa”, yo con la ilusión de encontrarme con mis hermanas, mi tía con la cesta de  las madalenas para endulzar sus meriendas, y un paquete con huevos envueltos en papel de periódico, para que no se hiciesen tortilla por las curvas de Gárgoles…después teníamos que trasbordar en  Cifuentes y !además con la cesta! yo estaba deseando que llegásemos a Brihuega, parada obligatoria, donde un viejecito entraba en el correo vendiendo pipas, piñones y almendras garrapiñadas… Con el paquetito de almendras se hacía más corto el camino, ahora solo quedaba la laboriosa tarea de ir deshaciendo las trencitas. Cuando se vislumbraban los edificios altos de Madrid, todavía quedaban algunas por soltar pero afortunadamente al llegar a la calle Lope de Rueda, destino final, ya no había vestigios ni de trenzas ni de almendras, pero de mi aspecto es mejor no hablar. Con aquel nuevo visual, estrenando pendientes y sin diente ni mi madre me reconoció!

Dulces como la miel son los recuerdos que permanecen de mi tío Francisco, están en el cofre sus pertenencias de cuando era pastor: las alforjas, el cayado, la lechera…la manta  con aromas a espliego y romero.

La lechera está algo abollada, con ella ayudaba a mi tío a repartir la leche recién ordeñada, a continuación desdoblo la manta y la siento áspera, como la vida de

pastor, con ella se cubría mi tío en las noches de escarcha y rocío cuando cuidaba del rebaño a orillas del río o quizás por el Colvillo.

De las alforjas extraigo un pedazo de felicidad en forma de pan, el mismo con el que mi tío endulzaba mis meriendas mojándolo en agua y azúcar. Y con una lagrima en los ojos pienso bajito “tío, dame más pan, aba y zuza”. Dulce también es el panal de rica miel que  probé una tarde cuando fuimos a las colmenas con las caras cubiertas y mucho humo, aprendí  una lección de Ciencias Naturales cuando me mostró aquel laberinto de abejas. Ese panal hoy endulza mis recuerdos.

Como “no hay rosas  sin espinas” dejo en el fondo del cofre un cacito de esmalte blanco algo desportillado, más que mío, diría que pertenece a la memoria colectiva de los niños de mi generación. Recuerdo como en la escuela durante el recreo formábamos fila en el patio, cacito en mano, nos iban repartiendo leche en polvo que después mezclábamos con agua convirtiéndolo en obligado desayuno que el régimen repartía gratuitamente para que a ningún niño pasase hambre. Como aquella desagradable mezcla no me gustaba, aprovechaba siempre algún descuido de los repartidores y la entornaba; la recompensa  era que me tenía que  tomar dos, todavía hoy percibo el desagradable olor cuando pienso en aquellos tiempos…  ¿¡Cómo me podía gustar la leche en polvo…cuando recién ordeñada la bebía yo!?

Guardo ahora, uno a uno, los objetos de valor, pedazos de mi infancia, uno a uno con cuidadito para mostrárselos a mis tíos y agradecerles de esta manera los años con ellos vividos y que vean que no han caído en el olvido.

Y en esta playa, donde estoy acabando el relato, lanzo de nuevo los dados, a ver si me sale  de “puente a puente” y del Duero al Tajo me lleve la corriente…

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