Trillanos por el mundo: María del Carmen Batanero

Del Tajo al Danubio vienés

María del Carmen Batanero Corredor nació en Azañón, el día 11 de julio de 1938, “en mitad de la Guerra Civil”. Su padre, Vicente, era natural de Trillo, y su madre, María, de Azañón. “En el pueblo me llaman la bachillera, la ventorrera y la colvillera. Mi padre era muy popular, un hombre cariñoso, y creo que por eso todo el mundo le apreciaba. Desde que volví de Austria, hace diez años, me lo han recordado muchas veces”, explica. Carmen es la mayor de cinco hermanos que viven desperdigados por los cuatro puntos cardinales, uno en Valencia, otro en Bilbao y dos mellizas en Madrid. En el año 2001 volvió de nuevo a España, por circunstancias de la vida. Sus más de 30 años de residencia en aquel país tan diferente al nuestro, merecen la parada detenida de I-TRILLO.

Cuando era aún una mocita soltera Carmen Batanero trabajó en el laboratorio del Sanatorio Leprológico. “Yo siempre quise marcharme a Madrid, aun en contra de la opinión de mis padres”, recuerda. Nuestra protagonista tejió poco a poco una relación excelente con las monjas franciscanas que regentaban la institución. “Ellas fueron quienes me recomendaron para ingresar en un hospital que la orden tenía en Madrid, en la calle Joaquín Costa, 28”.  Así fue como la capital le sirvió de puente para un viaje mucho más largo, del que la azañonesa entonces no sospechaba nada.  “Trabajaba en la sección de lencería, cosiendo batas para los médicos y la ropa de las camas”, dice. Como sucede  en muchas ocasiones de la vida, la casualidad le abrió a Carmen una puerta del todo insospechada. La responsable de su sección, Sor Santos, “una monja vasca de muy buen carácter”, tenía una hermana trabajando como niñera en la ciudad austriaca de Viena para un diplomático español, padre hasta aquel momento de dos hijas. Un problema familiar urgió la vuelta a España de la bilbaína, dejando vacante su puesto. La religiosa le ofreció entonces el trabajo a Batanero. “La verdad es que  yo ni sabía dónde estaba Austria, pero aun así, acepté”, explica.

La ciudad de Viena encandiló a la azañonesa desde el primer día. El matrimonio que la empleó había tenido su tercer hijo, “Luisito Alonso”, al que el padre, que estaba menos en casa que su madre, quería enseñarle castellano desde la cuna. “Las dos niñas hablaban francés con la esposa del diplomático, que era suiza, español, alemán y en el colegio aprendieron inglés. Al año de emigrante me entró algo de morriña y quise volver a España, pero el pequeño había nacido sietemesino y no querían que empezara la guardería tan chiquitín. Insistieron para  que me quedara. De nuevo dije que sí”, recuerda la Bachillera.

Y de nuevo la casualidad intervino, por segunda vez, en la vida de Carmen. Fue en aquel tiempo de prórroga cuando se cruzó por su vida un austriaco, Theobald Zellinger. Se enamoraron y se casaron dos años después, en Viena. “Lo conocí en un club español. Me lo presentaron y empezamos a intimar. Ya entonces, él hablaba bastante bien nuestro idioma. Era, y es, un hombre muy formal, y antes de casarnos, vinimos a España a que conociera a mis padres”, recuerda la azañonesa. La boda fue muy bonita, pero un poco triste, porque además de la novia, la distancia, en aquel tiempo casi insalvable, impidió que hubiera invitados españoles. “Sólo estuvo una hermana mía, María Luz”. La pareja contrajo matrimonio con el traje nacional austriaco, “el de novia me encantaba”, el día 8 de marzo de 1972. “Lo celebramos en un Heuriger, que son las típicas tabernas vienesas muy parecidas a los mesones de la Plaza Mayor de Madrid”, recuerda.

Theobald era director del Capricorno, un céntrico hotel de lujo vienés que está en la Schwedenplatz. La pareja compró una vivienda con tres habitaciones en calle Pram Mayer Gasse del distrito 5. “Era el último piso de siete. Toda la casa tenía una terraza alrededor”. María del Carmen no es una mujer nostálgica, pero se nota que al hablar de Austria echa de menos aquel país en Madrid, donde fijó de nuevo su residencia en 2001: “Viena es una ciudad preciosa en la que todo está muy cuidado y en la que impera el orden”. Recién casada, la Colvillera dejó su vida laboral para dedicarse por entero a la familia. Al poco tiempo quedó embarazada y tuvieron, por antecedentes familiares, dos gemelas preciosas. “Una se llama María del Carmen, como yo, y la otra Isabella”, cuenta. La calidad de la vida de la azañonesa era magnífica. Cuando las niñas comenzaron la guardería primero, y el colegio después, “empecé a tener más tiempo libre”. En Viena esquiar es un deporte cotidiano. La cercanía de la nieve y su accesibilidad permitían que “saliese vestida de mi propia casa, con los esquís al hombro, y en metro y autobús, me presentase en las pistas en poco más de media hora”. Las instalaciones vienesas del deporte blanco están en el Kahlenberg un monte en el Wienerwald (Bosque de Viena) que además tiene unas vistas maravillosas de la ciudad y del Danubio.  La azañonesa se relajaba lanzándose por las bajadas, y volvía a tiempo para organizar comidas y recoger del colegio a sus hijas. También la familia al completo salía a esquiar al Tirol austriaco. “Allí las agencias de viaje son maravillosas. Puedes delegar en ellas cada fin de semana y ellos te lo organizan todo. En España no he encontrado nada parecido”, cuenta.

Las mellizas crecieron y terminaron la etapa escolar preuniversitaria. “Con 18 años es costumbre que los alumnos de los colegios viajen juntos de vacaciones a un país para perfeccionar idiomas o con fines culturales. La mitad escogió Grecia, y la otra mitad España. Mis hijas, por cercanía, eligieron España, y ya no volvieron a Austria. Conocieron Bilbao, donde tenían a su tía, Barcelona y Madrid. Y ni su padre ni yo pudimos hacerlas regresar. Creo que yo soy más austriaca que ellas, pese haber nacido en España y no hablar bien el alemán”, dice la Colvillera.  El trabajo de Theobald y la vida social que llevaba por aquel entonces Carmen les habían hecho conocer a ambos a personas influyentes. Como cualquier padre o madre preocupados por el porvenir de sus retoños, el matrimonio trató de mediar para que tuviesen una buena entrada en el mundo laboral, aún en la distancia. “En un cóctel en el Hotel de mi marido conocí a un antiguo ministro austriaco, el señor Karl Gruber, un hombre muy influyente”. Y tanto. Gruber había intervenido en las negociaciones que condujeron a la firma Tratado de Estado (Staatsvertrag), por el que se consideró a Austria como víctima del nazismo declarando nulo la anexión a Alemania que aconteciera en 1938. Austria se convirtió de esta manera en un Estado soberano, independiente y democrático, al tiempo que en país neutral. Gruber ya estaba “en pensión”, como se dice allí, pero seguía conservando intacto su poder. “Aquel hombre conocía a toda la aristocracia de Viena. El matrimonio hablaba muy bien el español. Tenían una casa en Murcia, e hicimos cierta amistad”, cuenta Carmen. El recomendó a mis hijas para que las emplearan en empresas alemanas y austriacas instaladas en España. “Mi marido y yo continuamos la vida en Viena pero veníamos mucho para estar con ellas”, recuerda.

Después de muchos años de convivencia, el matrimonio decidió, de mutuo acuerdo, romper su relación. “Ahora conservamos una amistad hermosa. Hablamos mucho por teléfono. Su familia vino a la boda de mis hijas”, cuenta con sinceridad la azañonesa. Un tiempo después de la separación, Carmen tomó una decisión de la que aún no está muy convencida. “Vendimos la casa de Viena, y me volví a España. Hace más de diez años que lo hice, y todavía me siento un poco extranjera en Madrid”, reconoce.

La vida en Austria

Carmen afirma que el austriaco, a diferencia del español, respeta mucho la intimidad de los demás. “No le da crédito al cotilleo. El alemán es aún más duro. Los austriacos tienen mezcla de italianos y germanos. Son más accesibles, aunque también muy serios. No se meten en nada. Te avisan cuando van a hacer ruido, por ejemplo para celebrar un cumpleaños, y son estrictos con las horas. A partir de las once de la noche, el silencio es sepulcral, y la seguridad de las calles, maravillosa”, cuenta.

La vida vienesa de nuestra Colvillera tenía, como contábamos antes, un buen poso de ajetreo social. “Hice muchas amistades a las que conocí gracias a la embajada española en Austria y al Hotel en el que trabajaba mi marido. Salía con frecuencia a comer y a cenar, mucho más que aquí. En casa cocinaba entre italiano,  español, alemán y austriaco”, resume. A Theobald también le gustaban mucho las candelas, quizá por su profesión. “Allí es muy típico freirlo todo con mantequilla. En las navidades es costumbre comer pescado, un tipo de trucha especial. Pero yo no soy de espinas. El día de Nochebuena cenábamos un pavo que preparaba mi marido, riquísimo”, cuenta. Maria del Carmen conoce muchos de los mejores restaurantes de la ciudad. “Había uno en el que se comía un excelente Wiener schnitzel, que es una carne empanada, muy finita, que te presentan en un plato tremendo de grande”.  Pero desde luego, el local vienés favorito de la azañonesa es, sin duda,  La Bodega Manchega. “Tenía cocineros de todas las partes del mundo. Allí actuaban muchos cantaores españoles. La mayoría venían de Granada. También tocaba un guitarrista español que les acompañaba muchas noches. ¡Cuántas rumbas, sevillanas y flamenco he bailado yo en La Bodega!. Un grupo de españolas reunimos un coro con el que hemos actuado en muchos sitios, hasta en Hungría”, explica.

La monumentalidad de la ciudad es imponente. Así lo reconoció la UNESCO declarando el Centro Histórico de la Viena como Patrimonio de la Humanidad. “Siempre sentí debilidad por la Catedral de San Esteban”, confiesa, que es la iglesia principal de la  “Archidiócesis” de Viena y la sede de su arzobispo. Está situada en  Stephansplatz, en pleno centro de la capital austriaca. Pero donde Carmen se sentía como pez en el agua era en el Palacio de Schönbrunn, también conocido como el Versalles vienés, que  es uno de los principales edificios históricos y culturales del país. Desde el siglo XIX ha sido una de las principales atracciones turísticas de la ciudad y ha aparecido en postales, documentales y diversas películas. “Lo he visitado muchas veces, incluso durante un tiempo hice de guía turístico por encargo de un padre catalán, que era médico y cura, para visitantes sudamericanos a quienes les explicaba lo que sabía del Palacio”, dice.

En pleno centro de la ciudad el Danubio describe un anillo. “Viena está marcada por su río, al igual que Trillo. El Danubio tiene unas zonas de ocio impresionantes, con restaurantes, bailes y áreas deportivas, que  en el verano se llenan de actividad. Hay playas para el baño, porque en el mes de julio, también hace allí mucho calor”, informa.

Otra de las similitudes entre Viena y Trillo es el especial significado que sus habitantes le dan a las navidades.  “En Madrid pasan sin pena ni gloria. Este año me fui al pueblo para por lo menos poder cantar villancicos, como lo hice tantas veces en Viena. Theobald y yo escuchábamos la Misa del Gallo en la  Iglesia de los Capuchinos (Iglesia de Santa María de los Ángeles), situada en la plaza del Neuen Markt, cerca del Palacio Imperial de Hofburg.  Después salíamos con vecinos o amigos a tomar algo”, cuenta. María del Carmen echa de menos el maravilloso Rastrillo Navidad vienés, que es “sólo de Navidad”, enfatiza. “Hay puestos de bolas, de árboles, de nacimientos… En aquellos años decoraba mucho mi casa en diciembre. Aquí he perdido un poco la ilusión”, confiesa, porque la azañonesa lleva fatal que mezclen la Epifanía con el Carnaval. “En Austria cada cosa es única”, sostiene. También la Semana Santa u “Osterwoche”, tiene sus propias tradiciones. “Es costumbre poner un florero con unas ramitas especiales de las que se cuelgan huevos pintados”, informa.

Los más de 30 años que Carmen pasó en Austria fueron maravillosos. “Para mí la vida en Viena ha sido muy sencilla. Cuando volví a España, en el año 2001, me encontraba como una extranjera en mi país, y todavía me siento así, menos cuando voy a Trillo. La verdad es que me arrepiento de no haberme quedado en Viena. Económicamente me habría ido mejor allí. Tengo la posibilidad de volver, porque conservo mis amistades, pero no es lo mismo”.

Lógicamente, también había morriña de la patria chica en Austria. “Echaba en falta los toros, la fiesta de Trillo y a mi Virgen del Campo. Cuando venía de vacaciones a España lo primero que hacía era comprar entradas para ver una corrida en Las Ventas. Me daba igual quien toreara. Estuve muchos años sin volver por septiembre porque era la época en la que empezaban los colegios en Austria, y eso allí es sagrado. Si un niño falta a clase más de dos días,  un inspector se presenta en casa de sus padres inmediatamente”, cuenta.

Ahora María del Carmen vive entre Madrid, Trillo y Jávea, adonde echó raíces por fin una de las gemelas que la ha hecho abuela de dos nietos maravillosos. Lo que está claro es que una parte muy grande de su corazón se la dejó entre los meandros del Danubio, la nieve del Tirol y su antigua casa de la Pram Mayer Gasse.

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