En los fogones de … Pilar San José Tejedor
El cabello de ángel, un acompañamiento dulce muy trillano”
Pilar San José Tejedor es vallisoletana de nacimiento. Vive en Trillo desde hace 26 años, los mismos que lleva casada con Francisco Henche. Este cuarto de siglo largo compartido con el Tajo da más que de sobra para hablar con propiedad del cabello de ángel que se prepara en nuestra localidad. Muy amablemente, el matrimonio enseñó su casa a I-TRILLO, nos presentó a su perrita Ranilla, y él mostró su orgullo principal, una bodega enorme y profunda, más que centenaria, con grandes tinajas de barro y garrafas continentes de un vino artesanal que todavía hace en el cocedero con su hermano, a quien conocimos también en el día de su cumpleaños, el 8 de diciembre. El proceso de la uva será objeto de atención de la revista municipal en el futuro.
“Antes el cabello de ángel se hacía mucho, ahora menos”, empieza Pilar, con esa dicción perfecta que tienen los de Valladolid. Pero lo primero es lo primero, y, lógicamente hay que empezar por sembrar las calabazas, que son de una variedad especial. “Salen verdes con rayas blancas, de una simiente de pepitas negras”, explica la cocinera. Como ocurre con el resto del huerto, estas hortalizas se siembran en abril. Su hoja también es distinta a las otras que se utilizan como forraje para el ganado. Como todo en la vida, según sea la pericia del agricultor, así será el fruto posterior. “El tamaño de la calabaza depende del terreno, de la basura que le eches y de las veces que riegues y caves el huerto, claro. Aquí en Trillo se hacen de cuatro o cinco kilos”, cuenta.
La hortaliza madura se recoge a finales de agosto o ya en septiembre, siempre antes de las primeras heladas. Cuando su redondez amarillenta está en la despensa, “todo con mucho mimo”, explica Pilar, “hay que lavarla bien lavadita, cocerla con la cáscara hecha trozos y dejarla que se enfríe y repose un poquito”. Que bien describen los diminutivos lo que quiere uno decir cuando se habla de fogones. Con una cuchara o con la mano, pero con paciencia, como siempre recuerdan las amas de casa, se deben sacar las hebras de la calabaza. “Están muy agarradas a la piel, y por eso esta parte es la más pesada de la receta”, explica. Separado el grano de la paja, hay que dejar escurrir el cabello recién cortado. Por otro lado, aunque al mismo tiempo, el rato de arrancar las hebras puede aprovecharse para preparar el jarabe, que debe tener azúcar (un kilo), agua (un litro) y, a quien le guste, medio vasito de limón, todo ligado en frío. La vallisoletana no recomienda lo del cítrico, “porque luego hace peor conserva”. El jarabe se mezcla con otro medio kilo de cabello de ángel ya destilado. El conjunto se amasa y se macera bien antes de ponerlo a cocer al baño maría para guardarlo y conservarlo. En los tarros de cristal se puede degustar hasta pasados dos años, e incluso más.
“El gusto del cabello de ángel es suave. Su dulzor se lo da el azúcar”, cuenta Pilar. Sus aplicaciones posteriores son muy variadas. Con él en los fogones trillanos se hacen empanadillas, pasteles, tartas, bizcochos, se unta en el pan como merienda, se come como acompañamiento de la carne, con queso… En esto cada maestrillo tiene su librillo. Al final, nuestra cocinera encontró un bote de cabello de ángel que tenía en conserva hecho por ella, y, naturalmente, insistió en que lo probáramos. Delicioso.

