Postales desconocidas
La aparición del la Virgen del Campo
Al llegar a la Ermita de la Virgen del Campo, a uno de los lados del camino nuevo hay una piedra en la que pocos se fijan, pero que guarda en su interior la leyenda hermosa de la aparición de la Señora a un humilde pastor de Trillo. Quien no lo sabe, no repara en ella, pero es cierto que resulta cuanto menos curioso comprobar que una encina poderosa, con tres troncos de tamaño considerable, ha sido capaz de crecer en modo superlativo teniendo debajo un peñasco que poco sustento ha podido darle nunca a sus raíces.
Cuentan, por lo menos desde hace cuatro generaciones, que una primavera la Virgen, arrodillada sobre esa misma roca entonces desierta, saludó al pastor, lo bendijo, y le pidió que levantaran en aquel paraje una ermita. El hombre, atorado, corrió al pueblo y, atropelladamente, relató a sus vecinos lo que le acaba de suceder. Le creyeron porque vieron en su cara que no había otra cosa que la verdad. Un poco más arriba del lugar, una explanada, rodeada de carrascas, componía el sitio ideal para levantarla. Fue aquel el sitio, que es su actual ubicación, donde los trillanos construyeron la Ermita de la Virgen del Campo, o de la Virgen de las Carrascas, como era conocida hace muchos años.
En el lugar donde apareció la Señora comenzó a crecer, inexplicablemente, una chaparra, que también es la misma de los tres cuerpos que descansa ahora sobre la veta. En la piedra hay quien cree ver, cuando se fija bien, las huellas de los dedos de la Virgen, y su rodilla posada en su frialdad gris. La leyenda termina diciendo que a los pocos días de la aparición, nació allí mismo un manantial de agua clara y fresca, que es el que alimenta todavía la fuente que está al pie de la Ermita.
Mucho tiempo después, y al hilo de la devoción que sus fieles sienten por la Virgen del Campo, un trillano, Francisco Gutiérrez, arriesgó su vida para salvar su imagen de la destrucción, o de la quema. Fue durante la Guerra española. Llevaba varios días oyéndose por el pueblo que peligraba la talla. En plena noche, y para que nada le pasara, salió de su casa a escondidas, y se llegó hasta la Ermita, cerrada entonces a cal y canto. Practicó un agujero en la puerta para entrar, que todavía se nota en la cancela.
La Virgen era demasiado grande y al punto de que fuera imposible encontrarla, serró la madera por la mitad, con buenas lágrimas en los ojos, diciéndole al niño, de la mano en la figura, que no se preocupara, que los iba a esconder a los dos juntos. Muchas peripecias pasó hasta que lo pudo lograr. Ocultó ambas estatuas en las inmediaciones de la Ermita, donde permanecieron a salvo hasta que terminó la contienda. Una vez volvió la paz, la imagen restaurada ocupó de nuevo su lugar.
Independientemente del credo de cada uno, no deja esta de ser una bonita historia de amor por el terruño.
