Tal como éramos

tío Cachurrilla

Marcos Benito Henche, o como todo el mundo le conoce en Trillo, el tío Cachurrilla, vino al mundo en Morillejo, el día 25 de abril de 1913. Como otros nacidos en este pueblo que han pasado por nuestro “Tal como éramos”,  Marcos es longevo en extremo.  Si la resta no falla, 96 años le contemplan. De naturaleza poderosa, como veremos a continuación, tiene días en los que se encuentra fuerte y hablador.  Su memoria entonces es larga, quizá porque muchas de las cosas que le han pasado están grabadas a sangre y fuego, y esas no se olvidan nunca. Desde luego, y de todos los entrevistados hasta ahora, es el que más veces ha estado al borde, literalmente, de la muerte. Y lo que es la vida. Al final va a superar a su padre, que murió a los 103 años.
“Mi vida ha sido una
esclavitud, pero me encuentro muy orgulloso de haber podido salir adelante.”
Marcos empezó a ir al colegio a la edad de tres años. Curiosamente, en 1916 los niños eran escolarizados con la misma edad que ahora. Lástima que las lecciones no tuvieran mucha continuidad. De niño entraba en clase a las diez de la mañana, en la antigua escuela de su aldea natal, y salía a la una de la tarde. Volvía después de comer, a las tres, y terminaba a las cinco. En los recreos, que también los había, con el resto de su pandilla jugaba al dola, a la pelota a mano en el frontón del pueblo, a las canicas, al trompo, al escondite…Aquellos eran entonces los juegos tradicionales.  A los nueve años Marcos ya compaginaba los libros con la azada. Después de terminar la lección, sus padres  lo mandaban a regar el huerto, a cuidar los animales, a por agua a la fuente con botijas de barro… En fin, a lo que se terciara. Era un recadero diligente, risueño y algo travieso.  Cuentan que un día empujó a una acequia a una señora del pueblo que vino, con malos modos, a darle un soplamocos por pegarle a su hijo. Fue a por lana, y salió trasquilada. “He trabajado mucho en toda clase de estilos y condiciones. He tocado todos los palillos”. Así es como resume su vida laboral, nada más comenzar la conversación, el tío Cachurrilla.
Morillejo, lo sabe bien cualquiera que se acerque al pueblo y observe el paisaje, es un lugar bello, pero duro. Es frío, con un verano poco generoso que no permite muchas alegrías a la hortaliza, y de no mucha llanura para acoger la siembra del cereal. Acuciada por la necesidad,  la familia de Marcos  emigró a vivir a Saelices, en Cuenca. Padre e hijo trabajaron como temporeros en la construcción de la carretera. Marcos, de pinche, y Mariano de capataz. Pico, pala, almaena y diez horas  machacando piedra. “Tengo rotos martillos a barullo”, dice. Y con eso está dicho todo. Cuando fue inaugurado el tramo de comarcal, empezaron otro, en la Riba de Saelices. Y cuando se agotó ese grifo, esperaba otro oficio igual o más esclavo: el de la resina. Los picadores de los pinos trabajaban de sol a sol para arrancarle el jugo a las coníferas, cuesta arriba y cuesta abajo, cargando peso como mulas allí donde las caballerías no eran capaces de subir.  De la resina extraían sustancias que luego eran aplicadas en farmacia y química. Al tiempo que resinero, Marcos era el criado de un señor de Cobeta. El pluriempleo daba como resultado una jornada laboral que empezaba a las cinco de la mañana y terminaba a las nueve de la noche, o sea, dieciséis horas “trabajando, lo que es trabajar”, dice. Siguiendo la ruta de los pinares, y no por ocio precisamente, la familia Benito se marchó a Tardelcuende, cerca de Almazán. “Llenábamos de resina unas latas, de pino en pino.  Las vaciábamos con una paleta y las pasábamos a un bidón grande, de madera o de zinc, que luego  los carros transportaban a Molina, donde estaba la fábrica”, cuenta el morillejano.
Cuando Marcos tenía diecinueve años, su familia regresó a Trillo. La antigua fábrica de harinas supuso una oportunidad laboral para permanecer cerca de donde había nacido. Era el vigilante del edificio, al tiempo que cargaba y descargaba la mercancía que iba y venía. Aquello no era una maravilla, pero le permitía mantenerse en buenas condiciones, y ver, de vez en cuando, a la que era su novia ya por aquel entonces, Manuela Sacristán. Entonces el pan se hacía de harina de trigo en los hornos del pueblo, y se podía comer muchos días después de cocido. Además, cuando se quedaba seco, su dureza, amortiguada por el agua, se convertía en migas, que mezclaban en un caldero todo lo que había, “y que sabían a gloria con la grasilla del cerdo”, recuerda Marcos, ya casi a la hora de comer. Cada familia hacía su vino, sabiamente. Lo que implicaba un trabajo enorme que comenzaba con la vendimia, el día del Pilar, pero que continuaba todo el año, “porque las viñas, para tenerlas en condiciones, hay que sudarlas. Yo hacía hasta 82 arrobas de vino”, recuerda el tío Cachurrilla, que tenía también buen humor para beber el fruto de su esfuerzo.
Por una vez en la vida, Marcos tuvo suerte cuando llegó a la edad de hacer la mili. Salió excedente de cupo. No le ocurriría lo mismo en la Guerra española. Estalló cuando tenía 22 años recién cumplidos, en la flor de su mocedad. Y, como hijo del pueblo que era,  le tocó vivirla desde el primer día hasta el último, y aún mucho después. Ingresó en el ejército llamado a filas en el cuartel de la finca Barrios de Gargolillos. Una instrucción rápida,  y enseguida entró en acción, a pecho descubierto.  Fue en Abánades donde se enfrentó cara a cara con la muerte por primera vez. No sería, ni mucho menos, la última. Estuvo después en el frente de Masegoso, y en la Batalla de Brihuega, cuando aconteció la masacre de los
italianos. En 1937 su unidad fue trasladada a Huesca, siempre en la vanguardia, como carne de cañón. Y así paso.  Eran las ocho y media de la mañana del día en que Marcos cumplía 23 años. Mientras sus compañeros y él estaban agazapados detrás de un peñasco, llovían proyectiles desde los cuatro puntos cardinales. Hubo una gran explosión cerca del morillejano que “me cogió de lleno”. La metralla le alcanzó  en cinco partes de su cuerpo:  hombro, pecho, ambos brazos y una pierna. Tendido en el suelo, sanguinolento, sus compañeros le dieron por muerto. Un capitán, que lo quería bien, ordenó que se cercioraran de su estado antes de borrarlo de la lista. El corazón aún le latía en el pecho. Los sanitarios lavaron sus heridas con alcohol de quemar. “La sangre hizo la brotación”, dice, como si fuera hoy mismo con los brazos en tensión, y el capitán ordenó que lo llevaran a la retaguardia para que fuera atendido en condiciones. La situación militar era extremadamente adversa. Su unidad estaba cercada en el monte, y los camilleros, temiendo que las bombas los hicieran picadillo junto al moribundo, lo abandonaron a su suerte en medio del campo de batalla “por el miedo que tenían”. En el suelo, a merced de la que estaba cayendo, su naturaleza fuerte le hizo despertar. “Sólo pensaba en que si me caía otra, me mataba, o  en que si llegaba el enemigo antes que los míos, me iba a sacrificar sin piedad”. Desangrándose literalmente, volcó la camilla, arrastró su cuerpo como pudo, agarrándose a las matas, y se guareció detrás de unas piedras, allí donde le abandonaron las fuerzas. Sus compañeros rompieron el cerco, y volvió a encontrarse con el capitán y con los sanitarios desertores. Esta vez sí lo socorrieron con bien. En estado muy grave lo trasladaron al pueblo de Albenilla. Quiso la fortuna que lo acogiera un paisano “de orilla de mi pueblo, que era boticario, de la familia de los Segundo”, recuerda Marcos. La buena vecindad fue lo que  definitivamente le salvó la vida. “Eso y que he tenido una naturaleza muy fuerte, que me hacía agarrarme a un clavo hecho ascua para poder solucionar mi vida”, afirma con orgullo.  Desde Albenilla se lo llevaron a Boltaña, después a Lérida y finalmente a Tarrasa, donde al fin pudo recuperarse durante siete meses en la cama de un hospital militar. La Guerra continuaba, y hacían falta efectivos con experiencia en el frente. Lo ascendieron al grado de teniente, y lo mandaron, al mando de ciento cincuenta muchachos, de nuevo a la vanguardia. “Eran unos niños”, lamenta, casi con lágrimas en los ojos. “Los tuve que instruir rápidamente. Lo primero que les dije fue que no robaran nada de nadie”, afirma. Estuvo en la Batalla del Ebro, en Tortosa, cubriendo línea, alojado con su batallón en la casa y la finca de un labrador. Con él al mando,  sus hombres apresaron en una maniobra envolvente a un contingente de tropas norteafricanas. Marcos se percató de que uno de aquellos soldados llevaba muy abultada la camisa. Le obligó a descubrirse, y lo que llevaba debajo era la cabeza de un español, envuelta en unos harapos porque tenía la dentadura de oro. “Di parte del hecho a mi superior para que tomara la decisión que creyese oportuna. Allí mismo, delante de todos, le vació en el pecho el cargador de su pistola. “Este ya no hace más daño”, le dijo”. No olvida aquel incidente, por muchos setenta y dos años que hayan pasado desde entonces.
Al terminar la Guerra, Marcos tuvo que abandonar España. Recorrió media Europa, “cuatro naciones”, recuerda, en pleno conflicto bélico de un campo de concentración a otro.  “Pasamos a Francia en Port Bou. Muchos militares tiraban los fusiles porque no servían más que de molestia en aquel trance y por aquellas cuestas del pirineo”, dice Marcos. Nuevamente forzado a trabajar, sus compañeros y él construyeron fortines y hangares para los aviones. De nuevo le sonrió un poco la fortuna. Gracias a la recomendación de un tío suyo, Sabino Henche, que vivía en Sacedón, pudo volver a España. “A los veinte días de enviar la carta, me dijeron que podía volver a casa”. Llegó en tren, y tuvo, literalmente, que patearse todo Madrid, “casi pidiendo auxilio”, hasta que al fin pudo encontrar la ayuda de alguien del pueblo, una prima hermana suya que lo socorrió. Trabajó en las vías del tren Madrid-Burgos hasta que finalmente regresó a Trillo, de donde ya no movería su residencia. Ya estaba bien. Su novia, y después mujer, Manuela Sacristán, le había estado esperando. Se casaron el día cuatro de marzo de 1943. La ceremonia tuvo lugar en la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Trillo, y fue oficiada por el Padre Santiago. Manuela lucía un traje negro, hasta el tobillo. En sus manos, guantes largos a juego, y en su cabeza una peineta sobre la que colgaba una mantilla de encaje que le llegaba hasta la cintura. Marcos vestía un traje igualmente negro con camisa blanca y zapato oscuro. Un día antes, el novio y un tío de la novia habían acudido hasta Santa María de Ovila a comprar dos corderos para celebrarlo, con una nevada hasta las rodillas.
Al salir de Misa la novia invitó al acompañamiento a una chocolatada, vino, sangrecillas de los corderos e hígados. El convite se hizo en un salón de baile. Después era costumbre subir al Royo para continuar allí la juega. Los padrinos de las novias daban cañamones, anisillos y almendras a todo aquel que fuera a la puerta de la casa de los padrinos. Por la noche, antes de que los esposos nuevos se fuesen a dormir, la cuadrilla de amigos les hacía la picardía de esconderles la cama. No tuvieron luna de miel. No daba la economía para tanto. Al día siguiente de la boda Marcos se tuvo que marchar a por una carga de leña al pie de la dehesa. Al año siguiente vino al mundo el primer hijo de Marcos y Manuela. Después llegarían otros tres. Hubo que trabajar duro. Por ejemplo, en la construcción de las presas de Entrepeñas y Buendía adonde Marcos se marchaba el domingo, andando hasta Sacedón, y volvía el viernes. Dormía en un saco de paja, en el mismo suelo, como un tronco. “Allí trabajé cuatro años, día por día. Entonces me encontraba muy fuerte, y  desarrollé un trabajo de mucho conocimiento, mucho desparpajo, y mucho gasto de energía”, asegura. Y para terminar esta breve semblanza de una vida intensa, nada mejor que cerrar con unas frases literales del tío Cachurrilla. “He tenido cuatro hijos, que son como cuatro soles, y he hecho lo que he tenido que hacer para que no les faltara de nada. Mi vida ha sido una esclavitud, pero me encuentro muy orgulloso de encontrar ahora a mis hijos floridos y hermosos, porque los he criado con mucho mimo. Han sido, y son, unas buenas personas y unos buenos hijos. Espero tener valor, con 96 años que tengo, para poderme sujetar hasta que dios me quiera auxiliar”. Así terminó la conversación con el tío Cachurrilla, al que ójala Dios lo conserve al menos hasta la edad de su padre, que murió de 103 años.

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