Con lupa

Homenaje a la primera corporación municipal trillana de la democracia

Hace treinta años la transición se había transformado ya en Constitución, pero faltaba todavía que la capilaridad del nuevo corazón de España llegase a los pueblos. Corría el año 1979 cuando fueron elegidas en las urnas las primeras corporaciones democráticas locales, entre ellas, naturalmente, también la de Trillo. Hace unos días cuatro de ellos se sentaron, como los amigos que todavía son, a recordar viejos tiempos. En la mesa, tomando tranquilamente una cerveza a la vera del Cifuentes, cerca de unos muros que comenzaron a construirse precisamente en sus años de legislatura, están José Suárez, que fue concejal por el PSOE, y Pedro Bodega, Dionisio Ochaíta Gil y Tomas Ochaíta, que lo fueron por la extinta ya Unión de Centro Democrático (UCD). Tomás insiste en su carácter de independiente, si bien asociado a las siglas de aquel partido.
Antes que nada, y para que el proceso de transición democrática en los municipios no tuviera escollos indeseados, hubo varias reuniones previas entre diferentes líderes de opinión locales en las que se decidieron los candidatos de cada formación política y también quien optaba a la alcaldía. “La Guardia Civil tenía todavía mucho mando en plaza y recomendó a unas cuantas  personas válidas”, recuerda Pedro Bodega que tiene el honor de haber sido el primer Alcalde de la democracia en Trillo. A Tomás, maestro de escuela y director del colegio entonces, le insistieron mucho desde Guadalajara para que fuera él quien tomara el bastón de mando. “Me escudé un poco en que si yo era el elegido, iba a faltar mucho a mis clases. Además a mí, mi carácter no me permite ser Alcalde. Con Pedro lo he hablado en alguna ocasión. Él es más enérgico. Yo, más comedido. Creo que de aquella decisión ni yo, ni creo que Trillo, debemos arrepentirnos en absoluto. Fue un buen Alcalde”, reconoce  Tomás. Hacían buen equipo. Energía para tomar decisiones y capacidad de diálogo para negociar cuando era necesario.
Al igual que ahora, la corporación municipal la componían nueve concejales, incluido el Alcalde. “Buscábamos, sin tener ni idea de política, el bien por el pueblo”, recuerda Suárez, a quien por su apellido bien podría asociarse a otras siglas. Aunque para ellos el partido era lo de menos. Había que levantar Trillo y  aprovechar al máximo la corriente de bonanza que comenzaba a llegar desde la Central Nuclear. Esa era la consigna común. “Empezamos a construir tantas cosas que muchas de ellas no las pudimos terminar”, recuerda el Alcalde, no sin un cierto disgusto que conserva todavía después de treinta años. En su respuesta está ese sentimiento tan castellano de aviar siempre lo que se empieza, cueste lo que cueste, a la hora que sea. “Estábamos ciegos cuando arrancamos. Todo era diferente a como es ahora.  De hecho, la oposición tenía también su papel en el gobierno. Por ejemplo, Angel Muñoz fue el depositario. Lo consultamos entre todos, y así lo decidimos”, recuerda Bodega. “La corporación formaba un equipo, con sus más y sus menos políticos, claro, pero tan amigos”, añade Dionisio. Suárez recuerda que todas las decisiones  se tomaban en conjunto. En este sentido, opina, “ha sido la mejor corporación que ha habido”. “Había alguna oposición política. En los plenos teníamos nuestras diatribas, a veces hasta subidas de tono, pero siempre nos tomábamos una copita juntos al terminar la sesión”, aporta Tomás. “Los acuerdos eran unánimes, por lo menos la mayoría de ellos. Nos llevábamos bien, y no teníamos la mala leche que los políticos de ahora. Todos estábamos ahí, dispuestos a todas horas a trabajar. El pueblo te ayudaba en todo”, apostilla Bodega. Ni la política ni los años han acabado con la relación de amistad, o cuando menos de cariño mutuo, que se tienen todos estos hombres.
Cuando los nueve concejales comenzaron la nueva andadura democrática municipal en el 79,  el caudal económico era todavía exiguo. “Le dábamos la vuelta al Ayuntamiento y no caían ni cinco céntimos”, dice el entonces Alcalde. “No podíamos ni pagarle al pobre secretario que teníamos”,   explica Tomás. Todo cambiaría con la llegada de la Central Nuclear. “Nosotros tuvimos que ratificar el primer reactor, y en los cuatro años que estuvimos, autorizamos municipalmente y cobramos la licencia urbanística del segundo, que no se llegó a construir en nuestro periodo”, dice Bodega. Hasta entonces los concejales se pagaban religiosamente sus viajes, sus comidas fuera de casa y su tiempo. “Desde que llegamos, siempre estuvimos a vueltas con el personal de la Central, a ver qué podíamos sacarles”, recuerda José. La circunstancia de que Pedro pasara a formar parte de la Diputación Provincial, remó a favor de corriente. La agilidad administrativa de las tramitaciones fue, a partir de aquel momento, mucho mayor. “Trajimos un encargado de obra durante tres años que hizo un gran trabajo”, recuerda el entonces regidor.
La administración se llevaba a mano, con el lápiz, el papel y el caletre del personal como herramientas principales. Las actas de los plenos las escribía el secretario de su puño y letra. “Recuerdo que con lo que nos sobró un año del escote para las fiestas compramos la primera máquina de escribir eléctrica para el Ayuntamiento”, dice Dionisio. Don Paco, que así se llamaba el secretario de entonces, fue a pagar los toros al contratista, con el dinero en metálico. “Se lo di yo, que lo tenía guardado debajo de un colchón, y con lo que sobró, la compramos”, añade Bodega.
Eran los primeros años ochenta, y al igual que la administración, también otros procesos se hacían todavía al más puro estilo tradicional. Para la recogida de la basura, por ejemplo, el camión de entonces era  una mula y un serón. “Han pasado 30 años. Todo ha cambiado mucho, y a mejor. No hay que darle vueltas”, opina Tomás. “Ahora bien, el pueblo ayudaba doble o tres veces que ahora. ¿Te acuerdas Tomás?. Empezamos con un certamen regional de coros y danzas. Nos reuníamos unos cuantos y decíamos: oye venga, ¿quién quiere participar?. Salían voluntarios inmediatamente. Pagábamos las chuletas que se comían esa noche. Nada más”, puntualiza Bodega. Con esta última observación del Alcalde, certera, se muestran los cuatro muy de acuerdo.  “En Navidad organizamos la primera Cabalgata de Reyes. Cada uno de los que participamos pusimos veinte duros de los de entonces. Con las 2000 pesetas que juntamos hicimos la fiesta con un borrico, cuatro capas y unos caramelos. Participó todo el pueblo. Aquello salía de maravilla. Pasaron unos años y fue el Ayuntamiento el que se encargó de gestionarlo todo, de alquilar los trajes. Entonces teníamos un taxista, Antonio Bachiller, que nos llevaba gratis a la casa Cornejo, en Madrid, a recoger los trajes de alquiler. Luego la cosa ha ido a más en lo económico, pero quizá a menos la implicación de los vecinos. Se ha perdido un poco la generosidad y la voluntariedad. Hubo tres o cuatro años en los que todo salió perfecto. En algunos aspectos las cosas han mejorado, no hay aportaciones económicas de particulares, pero se ha perdido, por lo menos una parte de la ilusión por colaborar con el pueblo”, dice Tomás. “El exceso de dinero a veces no es tan bueno”, opina José. “A todo lo que no cuesta sacrificio, no se le da mérito ninguno. La cosa cambia como de lo blanco a lo negro. Ahora tenemos dinero, pero creo que a veces habría que recortar ciertas cosas, dejando que el resto la haga la generosidad del pueblo”, sentencia Bodega, quien todavía conserva un cierto halo de liderazgo y contundencia en lo que dice.
El primer presupuesto de la corporación democrática fue de diez millones de las antiguas pesetas. En años sucesivos llegaría hasta los 73, ya contando con las aportaciones de la Central Nuclear. Con ese capital la corporación emprendió muchas obras que todavía lucen su porte en Trillo. “Personalmente no me siento orgulloso de nada. Más bien creo que hicimos lo que teníamos que hacer, que tendrá, como todo, su crítica y su alabanza”. Tomás sigue siendo un hombre comedido, no cabe duda. Pedro Bodega sí se siente satisfecho del papel que jugaron en la transición democrática trillana. José Suárez opina que entraron sin muchos conocimientos, pero con unas ganas que los suplían todos: “En una transición como aquella, nos apoyamos unos a otros para hacer lo que pudimos, con los medios que había. Siempre estábamos pidiéndole cosas a la Nuclear. Que nos des, que nos traigas, necesitamos una máquina, o mejor dos… Lo que nunca conseguimos fue que nos dieran el hormigón que sobraba del reactor que se estaba levantando. Nos hubiera venido bien para el pavimento de las calles, pero aquello no formaba parte de sus planes…”.
Fue todavía en su legislatura cuando tuvo lugar el golpe de estado del 23F. Tampoco nuestro Suárez, en este caso José,  las tuvo entonces todas consigo: “Yo me enteré de oídas en una gasolinera, por un guardia. Había gente que todavía no entendía lo de la democracia. Cuando llegué a casa, me lo explicó bien mi mujer, y no descansé hasta que por la noche el Rey dijo que podíamos dormir tranquilos”. “Yo volvía aquel día de Madrid, precisamente de realizar unas gestiones municipales junto con Angel Muñoz, y no sentí nada especial. Tenía, y tengo, la conciencia muy tranquila”, dice Pedro Bodega.
Con el tiempo les ha quedado el agradecimiento y el reconocimiento en general de los trillanos, “aunque también hubo desacuerdos, discusiones y malas interpretaciones”, añade Tomás. “La lástima fue que no nos dio tiempo a terminarlo todo. Queríamos abarcar tanto, que fue imposible”, insiste de nuevo en la cuestión el regidor de entonces. Entre todos recuerdan los proyectos: “Empezamos la construcción del Ayuntamiento nuevo, levantamos una segunda planta en el Colegio Público y los muros en el cauce del río, acondicionamos el entorno de las cascadas del Cifuentes, empezamos las obras en la Piscina Municipal, bajamos los desagües desde la Residencia hasta la salida del pueblo, construimos el campo de fútbol y llevamos hasta allí la luz y el agua, limpiamos los muladares del pueblo, acondicionando ya entonces un vertedero municipal, hicimos una captación de agua corriente desde el mojón de Trillo hasta el pueblo, habilitamos muchas de las zonas verdes que hay ahora….”. La lista es larga. “Quizá lo que más nos pesa es no haber hecho en su día La Isla tal y como la dejaba el cauce del río”, termina Pedro Bodega.

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