Editorial

Parte esencial de muchas fiestas en nuestra Alcarria son los toros. Su estampa está unida a la tradición, a fotos antiguas en blanco y negro, a las leyendas de los mozos del pasado que hicieron esto o aquello a orillas del Tajo, jugándose el tipo como si tal cosa y saliendo siempre airosos de los lances. El recuerdo, afortunadamente, destila la realidad dejando de ella tan sólo su esencia más pura, convirtiéndola en un cuento al que a veces es necesario recurrir para seguir adelante. Pensamos que el futuro, siquiera en algún momento, volverá a igualarse a aquellos días vividos, tan felices en nuestra mente.
Esta conexión temporal de lo que ya no está con lo que va a venir a veces tiene un reflejo en el presente, cuando lo que presenciamos tiene un halo mágico, especial. Sabemos que nunca hará falta engrosarlo, porque ya es leyenda en el presente. Si hubiera que destacar un par de momentos mágicos en esta fiesta de 2009, me quedaría con dos.
Antonio Rosales, de padre trillano, acaba de hacer dos faenas magníficas a los novillos que le tocaron en suerte de Prieto de la Cal. Se ha entregado con nobleza, y, si no es por un quite que le hizo, oportunísimo, su hermano, la escena bien hubiera podido ser otra. Pero no. Salió cara. El chaval, a hombros, luce las orejas de sus enemigos, orgulloso. Lleva en la cara la luz limpia de la adolescencia y de la felicidad, mientras termina de caer la tarde. Sus paisanos le aplauden a rabiar. Ha triunfado en la tierra que hizo de él lo que es, y sale, multiplicado por dos, por la puerta grande de La Isla. En sus ojos, afuera no está la Tajonada, está la ilusión de convertirse en figura del toreo.
Paco Henche llega pronto a la Ermita de la Virgen del Campo. Ha disfrutado la fiesta intensamente, pero a eso de las diez y media de la mañana allí está, como un clavo. El domingo anterior había ganado su quinto concurso de recortes, en la Plaza de Toros de Trillo. Antes de despedirse de los compañeros con los que acababa de competir pocos minutos antes frente a los astados, les pregunta si le consideran justo vencedor en Trillo. Todos están hartos de sufrir injusticias ante el “enchufao” del pueblo, y de volverse a casa con las manos vacías después de haberse jugado la vida a pecho descubierto frente a un toro. “Tranquilo, Paco, te lo has ganado en la plaza”, le responden al unísono. Levantan a la Virgen del Campo en procesión, el día 8 de septiembre. Paco se arrima, con mucho más cuidado que el que emplea cuando lo hace en la plaza. En cuanto le dejan, coge el alza, y mientras es su Virgen la que va a hombros, él la mira. No sé, pero apostaría que le iba diciendo, gracias,
señora, por lo del domingo.

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